viernes, septiembre 07, 2007

Un año

A la par de mi otro blog, está cumpliendo un año también este. La fecha que considero como punto de partida de la nueva etapa de ambos (5 de septiembre de 2006) es algo arbitraria; en realidad comencé a escribir en internet a principios de abril del año pasado, pero, como explico acá, hace un año decidí trasladar a El pedote de FeCal todos los "posts" o entradas que durante meses guardé aquí, en Erat Hora. Y me las llevé pa allá con todo y centenares de sabrosos comentarios de un buen bonche de lectores que vindicaban o se oponían tanto al candidato izquierdista Andrés Manuel López Obrador (a quien apoyé) como a su adversario Felipe Calderón. Nada se ha perdido, y espero que tampoco el tiempo de quienes visitaron mis bitácoras.

Hoy, a un año, pues, de aquello, emprendo el viaje en sentido contrario. Me traje para acá dos de las entradas del 2006 (del sábado 12 de agosto de 2006, para ser más precisos), también con sus respectivos comentarios. La primera contiene algunas estrofas del poeta vanguardista argentino Oliverio Girondo (1891 - 1967). Comunista: no podía ser de otro modo. La segunda contiene un relato del norteamericano Ray Bradbury. Me acordaba mucho de este cuento a mediados del año pasado, en medio de un país que desgarramos cuando trivializamos la política haciéndola coincidir con la mercadotecnia. Este cuento se trata del perdón.

Calidoscopio

Ray Bradbury*
El primer impacto rajó la nave cual si fuera un gigantesco abrelatas. Los hombres fueron arrojados al espacio, retorciéndose como una docena de peces fulgurantes. Se diseminaron en un mar oscuro mientras la nave, convertida en un millón de fragmentos, proseguía su ruta semejando un enjambre de meteoritos en busca de un sol perdido.
—Barkley, Barkley, ¿dónde estás?
Voces aterrorizadas, niños perdidos en una noche fría.
—¡Woode, Woode!
—¡Capitán!
—Hollis, Hollis, aquí Stone.
—Stone, soy Hollis. ¿Dónde estás?
—¿Cómo voy a saberlo? Arriba, abajo... Estoy cayendo. ¡Dios mío, estoy cayendo!
Caían. Caían, en la madurez de sus vidas, como guijarros diminutos y plateados. Se diseminaban como piedras lanzadas por una catapulta monstruosa. Y ahora en vez de hombres eran sólo voces.
Voces de todos los tipos, incorpóreas y desapasionadas, con distintos tonos de terror y resignación.
—Nos alejamos unos de otros.
Era cierto. Hollis, rodando sobre sí mismo, sabía que lo era y, de alguna forma, lo aceptó. Se alejaban para recorrer distintos caminos y nada podría reunirles de nuevo. Vestían sus trajes espaciales, herméticamente cerrados, sus pálidos rostros ocultos tras las placas faciales. No habían tenido tiempo de acoplarse las unidades energéticas. Con ellas, habrían sido pequeños botes salvavidas flotando en el espacio. Se habrían salvado, habrían salvado a otros, habrían encontrado a todos hasta unirse para formar una isla de hombres y pensar en alguna salida. Pero ahora, sin las unidades energéticas acopladas a sus hombros, eran meteoritos alocados encaminándose hacia destinos diversos e inevitables.
Pasaron diez minutos. El terror inicial se apagó, dando paso a una calma metálica. Sus voces extrañas empezaron a entrelazarse en el espacio, un telar inmenso y oscuro, cruzándose y volviéndose a cruzar hasta formar el tejido final.
—Stone a Hollis. ¿Cuánto tiempo podremos hablar por radio?
—Depende de tu velocidad y la mía.
—Una hora, supongo.
—Algo así —dijo Hollis, pensativo y tranquilo.
—¿Qué sucedió? —preguntó Hollis al cabo de un minuto.
—El cohete estalló, eso es todo. Los cohetes estallan, ¿sabes?
—¿Hacia dónde caes?
—Creo que me estrellaré en el Sol.
—Yo en la Tierra. De vuelta a la madre Tierra a quince mil kilómetros por hora, Arderé como una cerilla.
Hollis pensó en ello con una sorprendente serenidad. Le parecía estar separado de su cuerpo, viéndolo caer y caer en el espacio, con la misma tranquilidad con la que había visto caer los primeros copos de nieve de un invierno muy lejano.
Los otros guardaban silencio. Pensaban en el destino que les había llevado a esto, a caer y caer sin poder hacer nada para evitarlo. Hasta el capitán callaba, porque no había orden o plan que pudiera arreglarlo todo.
—¡Oh, esto es interminable! ¡Interminable, interminable! —exclamó una voz. ¡No quiero morir, no quiero morir! ¡Esto es interminable!
—¿Quién habla?
—No lo sé.
—Creo que es Stimson. Stimson, ¿eres tú?
—Esto es interminable y no me gusta. ¡Dios mío, no me gusta nada!
—Stimson, aquí Hollis. Stimson, ¿me oyes?
Una pausa. Seguían separándose unos de otros.
—¿Stimson?
—Sí —replicó por fin.
—Stimson, tranquilízate. Todos tenemos el mismo problema.
—No quiero estar aquí. Me gustaría estar en cualquier otro sitio.
—Hay una posibilidad de que nos encuentren.
—Si, sí, seguro —dijo Stimson—. No creo en esto, no creo que esté sucediendo realmente.
—Es una pesadilla —dijo alguien.
—¡Cállate! —ordenó Hollis.
—Ven y hazme callar —contestó la voz. Era Applegate. Se reía con toda tranquilidad, sin histeria—. Ven y hazme callar.
Por primera vez, Hollis sintió su impotencia. La cólera se adueñó de él porque en aquel momento deseaba, más que ninguna otra cosa, herir a Applegate. Había esperado muchos años para poder hacerlo..., y ahora era demasiado tarde. Applegate era únicamente una voz radiofónica.
¡Y seguían cayendo y cayendo!
Dos de los hombres se pusieron a gritar, de repente, como si acabaran de descubrir el horror de su situación. Hollis vio a uno de ellos, en una pesadilla, flotando muy cerca de él, chillando y chillando.
—¡Basta!
El hombre estaba casi al alcance de su mano. Gritaba enloquecido. Nunca se callaría. Seguiría chillando durante un millón de kilómetros, mientras se encontrara en el campo de acción de la radio. Fastidiaría a todos los demás e impediría que hablaran entre sí.
Hollis alargó la mano. Era mejor así. Hizo un último esfuerzo y tocó al hombre. Se agarró a su tobillo y fue desplazando la mano hasta llegar a la cabeza. El hombre chilló y se retorció como si estuviera ahogándose. Sus gritos llenaron el universo.
"Da lo mismo —pensó Hollis—. El Sol, la Tierra o los meteoros lo matarán igualmente. ¿Por qué no ahora?"
Hollis aplastó la placa facial del hombre con su puño metálico. Los gritos cesaron. Se apartó del cadáver y lo dejó alejarse siguiendo su propio curso, cayendo y cayendo.
Hollis y los demás seguían cayendo sin cesar en el espacio, en el interminable remolino de un terror silencioso.
—Hollis, ¿sigues ahí?
Hollis no contestó. Una oleada de calor inundó su rostro.
—Aquí Applegate otra vez.
—¿Qué hay, Applegate?
—Hablemos. No podemos hacer otra cosa.
El capitán intervino.
—Ya es suficiente. Tenemos que encontrar una solución.
—Capitán, ¿por qué no se calla?
—¿Qué?
—Ya me ha oído, capitán. No pretenda imponerme su rango, porque nos separan quince mil kilómetros y no tenemos que engañarnos. Tal como dijo Stimson, la caída es interminable.
—¡Compórtese, Applegate!
—No quiero. Esto es un motín de uno solo. No tengo una maldita cosa que perder. Su nave era mala, usted un mal capitán, y espero que se ase cuando llegue al Sol.
—¡Le ordeno que se calle!
—Adelante, vuelva a ordenarlo. —Applegate sonrió a quince mil kilómetros de distancia. El capitán no dijo nada más—. ¿Dónde estabamos, Hollis? Ah, sí ya recuerdo. También te odio a ti. Pero tú ya lo sabes. Hace mucho tiempo que lo sabes.
Hollis, desesperado, cerró los puños.
—Quiero confesarte algo —prosiguió Applegate—. Algo que te hará feliz. Fui uno de los que votaron contra ti en la Rocket Company, hace cinco años.
Un meteorito surcó el espacio. Hollis miró hacia abajo y vio que no tenía mano izquierda. La sangre brotaba a chorros. De repente, advirtió la falta de aire en su traje. El oxígeno que conservaba en los pulmones le permitió, sin embargo, hacer un nudo a la altura de su codo izquierdo, apretando la juntura y cerrando el escape. La rapidez del suceso no le dio tiempo a sorprenderse. Ninguna cosa podía sorprenderle en aquel momento. Ya cerrado el boquete, el aire volvió a llenar el traje en un instante. Y la sangre, que había brotado con tanta facilidad, quedó comprimida cuando Hollis apretó aún más el nudo, hasta convertirlo en un torniquete.
Todo esto había sucedido en medio de un terrible silencio por parte de Hollis. Los otros hombres conversaban. Uno de ellos, Lespere, hablaba sin cesar de su mujer de Marte, de su mujer venusiana, de su mujer de Júpiter, de su dinero, sus buenos tiempos, sus borracheras, su afición al juego, su felicidad... Hablaba y hablaba, mientras todos caían. Lespere, feliz, recordaba el pasado mientras se precipitaba a la muerte.
¡Todo era tan raro! Espacio, miles de kilómetros de espacio, y voces vibrando en su centro. Ningún hombre al alcance de la vista, sólo las ondas de radio se agitaban tratando de emocionar a otros hombres.
—¿Estás enfadado, Hollis?
—No.
Y no lo estaba. Había recuperado la serenidad. Era una masa insensible, cayendo para siempre hacia ninguna parte.
—Durante toda tu vida quisiste llegar a la cumbre, Hollis. Y yo lo impedí. Siempre quisiste saber lo que había ocurrido. Bien, voté contra ti antes de que me despidieran a mí también.
—No tiene importancia.
Y no la tenía. Todo había terminado. Cuando la vida llega a su fin es como un intenso resplandor. Un instante en el que todos los prejuicios y pasiones se condensan e iluminan en el espacio, antes de que se pueda decir una sola palabra. Hubo un día feliz y otro desdichado, hubo un rostro perverso y otro bondadoso... El resplandor se apaga y se hace la oscuridad.
Hollis pensó en su pasado. Al borde de la muerte, una sola cosa le atormentaba y por ella, únicamente por ella, deseaba seguir viviendo. ¿Sentirían lo mismo sus compañeros de agonía? ¿Tendrían aquella sensación de no haber vivido nunca? ¿Pensarían, como él, que la vida surge y muere antes de poder respirar una vez? ¿Les parecería a todos tan abrupta e imposible, o sólo a él, aquí, ahora, con escasas horas para meditar?
Uno de los otros hombros estaba hablando.
—Bueno, yo viví bien. Tuve una esposa en Marte, otra en Venus y otra en Júpiter. Todas tenían dinero y se portaron muy bien conmigo. Fue maravilloso. Me emborrachaba, y hasta una vez gané veinte mil dólares en el juego.
"Pero ahora estás aquí —pensó Hollis—. Yo no tuve nada de eso. Tenía celos de ti, Lespere. En pleno trabajo envidiaba tus mujeres y tus juergas. Las mujeres me asustaban y huía al espacio, siempre deseándolas, siempre celoso de ti por tenerlas, por tu dinero, por toda la felicidad que podías conseguir con aquella vida alocada. Pero ahora se acabó todo, caemos. Ya no tengo celos de ti. Es mi final y el tuyo y todo parece no haber sucedido nunca."
Hollis levantó el rostro y gritó por la radio:
—¡Todo ha terminado, Lespere!
Silencio.
—¡Como si nunca hubiese ocurrido, Lespere!
—¿Quién habla? —preguntó Lespere temblorosamente.
—Soy Hollis.
Se sintió miserable. Era la mezquindad, la absurda mezquindad de la muerte. Applegate le había herido y él, Hollis, quería herir a otro. Applegate y el espacio le habían herido.
—Ahora estás aquí, Lespere. Todo ha terminado, como si nunca hubiera sucedido, ¿no es cierto?
—No.
—Cuando llega el final, todo parece no haber ocurrido nunca. ¿Es mejor tu vida que la mía, ahora? Antes, sí, ¿y ahora? El presente es lo que cuenta. ¿Es mejor? ¿Lo es?
—¡Sí, es mejor!
—¿Por qué?
—Porque conservo mis pensamientos, ¡porque recuerdo! —gritó Lespere, muy lejos, indignado, apretando los recuerdos a su pecho con ambas manos.
Y estaba en lo cierto. Hollis lo comprendió mientras una sensación fría como el hielo fluía por todo su cuerpo. Existían diferencias entre los recuerdos y los sueños. A él sólo le quedaban los sueños de las cosas que había deseado hacer, pero Lespere recordaba cosas hechas, consumadas. Este pensamiento empezó a desgarrar a Hollis con una precisión lenta, temblorosa.
—¿Y para qué te sirve eso? —gritó a Lespere—. ¿De qué te sirve ahora? Lo que llega a su fin ya no sirve para nada. No estás mejor que yo.
—Estoy tranquilo —contestó Lespere—. Tuve mi oportunidad. Y ahora no me vuelvo perverso, como tú.
—¿Perverso?
Hollis meditó. Nunca, en toda su vida, había sido perverso. Nunca se había atrevido a serlo. Durante muchos años debió de haber estado guardando su perversidad para una ocasión como la actual. "Perverso". La palabra martilleó en su mente. Se le saltaron las lágrimas y resbalaron por su cara.
—Cálmate, Hollis.
Alguien había escuchado su voz sofocada.
Era completamente ridículo. Tan sólo un momento antes, había estado aconsejando a otros, a Stimson... Había sentido coraje y creído que era auténtico. Pero, ahora lo comprendía, no se trataba más que de conmoción, y de la "serenidad", que puede acompañarla. Y ahora trataba de condensar toda una vida de emociones reprimidas en un intervalo de minutos.
—Sé lo que sientes, Hollis —dijo Lespere, ya a treinta mil kilómetros de distancia, con una voz cada vez más apagada—. No me has ofendido.
"Pero, ¿no somos iguales? —se preguntó un aturdido Hollis—. ¿Lespere y yo? ¿Aquí, ahora? Si algo ha terminado, ya está hecho. ¿Qué tiene de bueno, entonces? Los dos moriremos, de una forma o de otra."
Pero Hollis sabía que todo aquello era puro raciocinio. Era como intentar explicar la diferencia entre un hombre vivo y un cadáver: uno poseía una chispa, un aura, un elemento misterioso, y el otro no.
Y lo mismo ocurría con Lespere y él. Lespere había vivido enteramente, y ello le convertía ahora en un hombre diferente. Y él, Hollis, había estado muerto durante muchos años. Se acercaban a la muerte siguiendo distintos caminos y, con toda probabilidad, si existieran varios tipos de muertes, el de Lespere y el suyo serían tan diferentes como la noche y el día. La cualidad de la muerte, como la de la vida, debe ser de una variedad infinita. Y si uno ya ha muerto una vez, ¿por qué preocuparse de morir para siempre, tal como estaba muriendo él ahora?
Un momento después descubrió que su pié derecho había desaparecido. Estuvo a punto de reír. El aire por segunda vez había escapado de su traje. Se inclinó rápidamente y vio salir la sangre. El meteorito había cortado la carne y el traje hasta el tobillo. Oh, la muerte en el espacio era humorística: te despedaza poco a poco, cual tétrico e invisible carnicero. Hollis apretó la válvula de la rodilla. Sentía dolor y mareo. Luchó por no perder la conciencia, apretó más la válvula y contuvo la sangre, conservando el aire que le quedaba. Se enderezó y prosiguió su caída. No podía hacer más.
—¿Hollis?
Hollis respondió cansinamente, harto de aguardar la muerte.
—Aquí Applegate de nuevo —dijo la voz.
—Sí.
—He estado pensando, y escuchándote. Esto no va bien. Nos convierte en perversos. Es una forma de morir muy mala, nos saca toda la maldad que llevamos dentro. Hollis, ¿me escuchas?
—Sí.
—Te mentí. Hace un momento. Te mentí. No voté contra ti. No sé por qué lo dije. Creo que deseaba hacerte daño. Parecías el más indicado. Siempre nos hemos peleado, Hollis. Creo que me estoy haciendo viejo de repente, arrepintiéndome. Guando oí que tú eras un perverso me avergoncé. Es igual, quiero que sepas que yo también fui un idiota. No hay ni pizca de verdad en todo lo que dije. Y vete al infierno.
Hollis sintió que su corazón volvía a latir. Había estado parado durante cinco minutos. Ahora, todos sus miembros recuperaron el calor. La conmoción había terminado, y los sucesivos ataques de cólera, terror y soledad iban disipándose. Era un hombre recién salido de una ducha fría matutina, listo para desayunar y enfrentarse a un nuevo día.
—Gracias, Applegate.
—No hay de qué. Y anímate, bobo.
—¿Dónde está Stimson? ¿Cómo se encuentra?
—¿Stimson?
Todos escuchaban atentamente:
—Debe de haber muerto.
—No lo creo. ¡Stimson!
Volvieron a escuchar.
Y oyeron una respiración dificultosa, lejana, lenta...
—Es él. Escuchad.
—¡Stimson!
Nadie respondió.
Sólo podían oír una respiración lenta y bronca.
—No contestará.
—Ha perdido el conocimiento. Dios le ayude.
—Es él, escuchad.
Una respiración apenas audible, el silencio.
—Está encerrado como una almeja. Encerrado en sí mismo, haciendo una perla. Consideradlo así, todo tiene su poesía. Él es más feliz que nosotros.
Stimson flotaba en la lejanía. Todas lo escucharon.
—¡Eh! —dijo Stone.
—¿Qué?
Hollis había contestado con toda su fuerza. Stone, más que ningún otro, era un buen amigo.
—Estoy entre un enjambre de meteoritos, pequeños asteroides.
—¿Meteoritos?
—Creo que es el grupo de Mirmidón, que se desplaza entre Marte y la Tierra y tarda cien años en recorrer su órbita. Me encuentro justo en el medio. Es como un calidoscopio gigante. Hay colores, formas y tamaños de todos los tipos. ¡Dios mío, que hermoso es todo esto!
Silencio.
—Me voy con ellos —prosiguió Stone—. Me llevan con ellos. Estoy condenado. —Y se rió de buena gana.
Hollis trató de ver algo, pero sin conseguirlo. Allí sólo había las grandes joyas del espacio, los diamantes, los zafiros, las nieblas de esmeraldas y las tintas de terciopelo del espacio, y la voz de Dios confundiéndose entre los resplandores cristalinos. Era algo increíble y maravilloso pensar en Stone acompañando al enjambre de meteoritos. Iría más allá de Marte y volvería a la Tierra cada cinco años. Entraría y saldría de las órbitas de los planetas durante las siguientes miles y miles de años. Stone y el enjambre de Mirmidón, eternos e infinitos, girarían y se modelarían como los colores del calidoscopio de un niño cuando éste levanta el tubo hacia el sol y lo va girando.
—Adiós, Hollis. —La voz de Stone, ya muy debilitada—. Adiós.
—Buena suerte —gritó Hollis, a cincuenta mil kilómetros de distancia.
—No te hagas el gracioso —dijo Stone.
Silencio. Las estrellas se unían más y más entre ellas.
Todas las voces, iban apagándose. Todas y cada una seguían su propia ruta; unas hacia el Sol, otras hacia el espacio remoto. Como el mismo Hollis. Miró hacia abajo. Él, y sólo él, volvía solitario a la Tierra.
—Adiós.
—Tómatelo con calma.
—Adiós, Hollis —dijo Applegate.
Adioses innumerables, despedidas breves. El gran cerebro, extraviado, se desintegraba. Los componentes de aquel cerebro, que habían trabajado con eficiencia y perfección dentro de la caja craneal de la nave espacial, cuando ésta aún surcaba el espacio, morían uno a uno. Todo el significado de sus vidas saltaba hecho añicos. Igual que el cuerpo muere cuando el cerebro deja de funcionar, el espíritu de la nave, todo el tiempo que habían pasado juntos, lo que los unos significaban para los otros, todo eso moría. Applegate ya no era más que un dedo arrancado del cuerpo paterno, ya nunca más sería motivo de desprecio o intrigas. El cerebro había estallado y sus fragmentos inútiles, faltos de misión que cumplir, se desperdigaban. Las voces desaparecieron y el espacio quedó en silencio. Hollis estaba solo, cayendo.
Todos estaban solos. Sus voces se habían desvanecido como los ecos de palabras divinas vibrando en el cielo estrellado. El capitán marchaba hacia el Sol. Stone se alejaba entre la nube de meteoritos, y Stimson, encerrado en sí mismo. Applegate iba hacia Plutón. Smith, Turner, Underwood... Los restos del calidoscopio, las piezas de lo que otrora fue algo coherente, se esparcían por el espacio.
"¿Y yo? —pensó Hollis—. ¿Qué puedo hacer?. ¿Puedo hacer algo para compensar una vida terrible y vacía? Si pudiera hacer algo para reparar la mezquindad de todos estos años, el absurdo del que ni siquiera me daba cuenta... Pero no hay nadie aquí. Estoy solo. ¿Cómo hacer algo que valga la pena cuando se está solo? Es imposible. Mañana por la noche me estrellaré contra la atmósfera de la Tierra. Arderé, y mis cenizas se esparcirán por todos los continentes. Seré útil. Sólo un poco, pero las cenizas son cenizas y se mezclarán con la tierra."
Caía rápidamente, como una bala, como un guijarro, como una pesa metálica. Sereno, ni triste ni feliz... Lo único que deseaba, cuando todos los demás se habían ido, era hacer algo válido, algo que sólo él sabría.
"Cuando entre en la atmósfera, arderé como un meteoro."
—Me pregunto si alguien me verá —dijo en voz alta.
Desde un camino, un niño alzó la vista hacia el cielo.
—¡Mira, mamá! ¡Mira! —gritó—. ¡Una estrella fugaz!
La estrella blanca, resplandeciente, caía en el polvoriento cielo de Illinois.
—Pide un deseo —dijo la madre del niño—. Pide un deseo.
*Encuentren éste y otros cuentos en Letras Perdidas.

Tres poemas de Oliverio Girondo

Nocturno
No soy yo quien escucha
ese trote llovido que atraviesa mis venas.

No soy yo quien se pasa la lengua entre los labios
al sentir que la boca se me llena de arena.

No soy yo quien espera,
enredado en mis nervios,
que las horas me acerquen el alivio del sueño,
ni el que está con mis manos, de yeso enloquecido,
mirando, entre mis huesos, las áridas paredes.

No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas.


Cansancio
Cansado.
¡Sí!
Cansado
de usar un solo bazo,
dos labios,
veinte dedos,
no sé cuántas palabras,
no sé cuántos recuerdos,
grisáceos,
fragmentarios.

Cansado,
muy cansado
de este frío esqueleto,
tan púdico,
tan casto,
que cuando se desnude
no sabré si es el mismo
que usé mientras vivía.

Cansado.
¡Sí!
Cansado
por carecer de antenas,
de un ojo en cada omóplato
y de una cola auténtica,
alegre,
desatada,
y no este rabo hipócrita,
degenerado,
enano.

Cansado,
sobre todo,
de estar siempre conmigo,
de hallarme cada día,
cuando termina el sueño,
allí, donde me encuentre,
con las mismas narices
y con las mismas piernas;
como si no deseara
esperar la rompiente con un cutis de playa,
ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,
acariciar la tierra con un vientre de oruga,
y vivir, unos meses, adentro de una piedra.


Siesta
Un zumbido de moscas anestesia la aldea.
El sol unta con fósforo el frente de las casas,
y en el cauce reseco de las calles que sueñan
deambula un blanco espectro vestido de caballo.

Penden de los balcones racimos de glicinas
que agravan el aliento sepulcral de los patios
al insinuar la duda de que acaso estén muertos
los hombres y los niños que duermen en el suelo.

La bondad soñolienta que trasudan las cosas
se expresa en las pupilas de un burro que trabaja
y en las ubres de madre de las cabras que pasan
con un son de cencerros que, al diluirse en la tarde,
no se sabe si aún suena o ya es sólo un recuerdo.
¡Es tan real el paisaje que parece fingido!

Feliz (?) cumpleaños al Pedote de FeCal

No sé si reír o llorar... El pasado día 5 se cumplió un año de que los magistrados vendidotes del TRIFE proclamaran presidente de México a un pelón chaparrín de lentes igualito al que ven bailando aquí abajito junto a su patroncito.
Lo único "bueno" que le veo a tan infausta decisión es que me dio el pretexto para seguir blogueando. Gracias a los lectores que, a un año de aquello, siguen visitando El pedote de FeCal y Erat Hora. Ya saben que, mientras no se vaya el pinche pelón, aquí seguimos jodiendo también nosotros.Cracker - Happy birthday to me

miércoles, septiembre 05, 2007

Casa tomada

Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la mas ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y como nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejo casarnos. Irene rechazo dos pretendientes sin mayor motivo, a mi se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No se porque tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mi, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia.

Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mi se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte mas retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte mas retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo mas estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble como se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venia impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tire contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mi me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa mas de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerza, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba mas tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papa, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios. Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos mas alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

(Bestiario, 1951)

lunes, septiembre 03, 2007

Un poema

Escribí este breve poema hará unos dos años, una mañana, pensando en una mañana.


Ordenanza

Cerrar, abrir los ojos
y ver la semejanza,
descorrer cada niebla,
entrar con la mañana,
seguir las nervaduras,
profundizar las fallas,
encontrar nuestra tierra,
regar nuestras palabras.


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lunes, agosto 27, 2007

Golpes tan fuertes

Al Dios demasiado humano de nuestros rezos y nuestros consuelos, cada terrible día cientos de sucesos le oponen una imagen distinta: la de la naturaleza con sus potencias regeneradoras, para la que no importa cuáles de sus criaturas está arrasando su ciega danza de giganta. No puedo identificar a Dios con ese padre, tan benévolo como invisible, en el que creen los débiles de la tierra; le llamo Dios, como un pagano, a la naturaleza danzadora, demoledora, bien patente y bien visible, que nos golpea en los ojos y en la boca toda la vida con su puño; le llamo Dios a la única madre verdadera, cuya única misión es dar a luz nuevos niños, que no puede parar de hacerlo porque tampoco cesa de matar y que no detiene su matanza porque si la interrumpiera dejaría de haber creación, soltura, movimiento: los muertos ceden su lugar a los vivos. Hera, Coatlicue, Kali, guerra o injusticia, palabras femeninas, son nombres que expresan mejor a Dios que el anónimo fantasma de los monoteísmos.

¿Qué es ella? La naturaleza, con su frío, con su calor... Ni siquiera podemos decir que sea indiferente; cumple con un mecanismo, su misión es una condena.

Nosotros somos ignorantes. Los que vivimos en el desierto, los que nos hemos salvado de caer por un barranco, o de pisar una tierra que tiembla, como la de Perú, o de que nos sople en la cara el aliento de un huracán, como los que incansablemente visitan todos los años las costas yucatecas de México; nosotros no sabemos nada. Si algo sabemos es una sensación, una incomodidad de que haya estrellas, de ver el cielo lleno o de verlo vacío, relampagueante o sucio, negro o negro. Porque cuando es más blanco es más oscuro, como el rostro de Moisés al bajar del Sinaí.

Una sensación, no un pensamiento. Tal vez las estrellas tiemblan porque sienten miedo de vernos. O de no vernos. Pero suponer esto es creer que son semejantes a nosotros, en tanto que la cualidad de la naturaleza es su inhumanidad. Y hasta esto —su "inhumanidad"— ya es agregarle algo a lo que no tiene nada.

Yo he estado frente al mar y he sentido su fuego, pero también he sentido la impasible violencia de una montaña inmóvil. No he visto actuar el agua en su encarnación más dramática, pero he probado la gota y todavía me pesa.

La vida es muerte y los eclipses son dragones. Si hasta una hormiga lo es: the ant's a centaur in his dragon world, una definición del diccionario Pound.

Una hormiga despierta tanto terror en mis pies como el que mis pies provocan en la hormiga, terror que me parece una venganza del animalillo, como morder un puercoespín o una baya venenosa.

Y si se siente tanto con el veneno de la hormiga, ¿cuánto más nos perturba presenciar el dolor humano?

Ver que existe el dolor nos produce temor de hablar.

A algunos, sin embargo, ver que los demás sufren es lo que los incita a hablar. A algunos periodistas, por ejemplo (los que no cobran por quedarse callados). Hablar me parece admirable, porque yo no puedo. Éste es un blog casi vacío, alguien lo habrá notado.

Es raro, pero he tenido más de un lector. Es una sensación muy rara.

No yo, ¿o sí? Lo que ha tenido un lector es lo que he copiado para este blog. Mi voz es la voz de otros. He escrito muy poco, y eso poco son salpicaduras dispersas ya saben dónde.

Yo no sé. Hace un día, o dos, o no sé cuántos (pocos), el dibujante Allan McDonald recordó en el portal Rebelión el poema de Vallejo, ése que no sabe, que reconoce que no sabe, que dice "yo no sé". Vallejo, recordará mi insólito lector, era peruano. Nació del suelo de los terremotos. Nació, quizá, de un terremoto. Y provocó varios. Era comunista... lugares comunes de las biografías. Bueno, el comunismo no es un lugar tan común, ¿verdad? Ha dejado de ser el territorio que las mujeres y los hombres con imaginación habitaban.

Ya sé que las cosas no son tan así. Con intención, soy irritante. A ver a quién le saco ronchas.

Por si se preguntan de dónde es Allan McDonald (yo sí me lo pregunté hace un momento), acabo de descubrir, gracias a la magia de la empresa capitalista Google, esta entrevista. McDonald es hondureño. Hondureño y hondo, diría yo.

Cuánto me gusta Vallejo. Quisiera vestirme con el pellejo de Vallejo. Para mí es casi Dios.

Si Vallejo fuera Dios, la naturaleza habría sido más clemente con nosotros, los inocentes, los pecadores.
Los heraldos negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

(Los heraldos negros, 1918)

sábado, agosto 25, 2007

Las palabras vendidas

La revista cubana La Jiribilla trajo a internet, desde el papel en que apareció primeramente, un artículo que me ha parecido interesantísimo y cuyas tesis no cesan de dar vueltas, como un mosquito, en mi oreja; en las dos orejas: la que percibe lo que nos ataca desde fuera y la que oye lo que está creciendo dentro de nosotros.

Las palabras vendidas: literatura, mercado y legitimación cultural
Edel Morales
La revista La Jiribilla retomó el 4 de agosto de 2007 para su sitio de internet este texto, que apareció originalmente bajo el título Literatura y mercado en la desaparecida Revista del Libro Cubano, publicación del Instituto Cubano del Libro (La Habana, Cuba; No. 3, Año II, agosto de 1998).

I

Cuando un escritor sabe con bastante certeza que se venderán solamente unos pocos volúmenes de su edición, obtiene una gran libertad en su trabajo creador. El escritor que tiene ante sí la seguridad, o al menos la probabilidad, de vender toda su edición y quizás ediciones subsecuentes, es a veces influido por la venta futura... casi sin quererlo, casi sin darse cuenta de ello. Habrá momentos en que, sabiendo cómo piensa, qué le gusta y qué ha de comprar el público, el escritor hará pequeños sacrificios, redactará cierto trozo de manera diferente, se saltará otro. Y no hay nada más destructivo para el Arte (tiemblo con solo pensar en esto) que cierto trozo sea redactado de manera diferente o sea omitido.

El fragmento es de 1907, lo supongo escrito en Alejandría, Egipto, África Mediterránea, y pertenece al griego Constantino Cavafy, uno de los grandes poetas de esa modernidad occidental (aquí mestiza, en plena frontera) vapuleada hoy a izquierdas y derechas por la crisis práctica de sus grandes relatos. Lo cito in extensso porque formula una pregunta clave de todo el Arte desde que tenemos memoria: el sentido mismo de su existencia.

La naturaleza estética del arte, su vocación interrogadora, su misterio creativo, lo específico de su utilidad, y los peligros de un posible otro destino —trazado a contrapelo de sus esencias y por tanto ilegítimo— ha sido un punto permanente de encuentro, fricción y desafío entre los artistas y sus públicos, sus mercaderes, sus ideólogos, sus estadistas.

No debemos pensar el problema como si se tratara de simple incomprensión o desencuentros factuales entre individuos más o menos (in)tolerantes o ilustrados, sino tratar de advertir los intereses específicos, las necesidades que satisfacen, y las funciones distintas que cumplen el arte, el comercio, la religión, la ideología o la política en el seno de una sociedad humana y el lugar que ocupan en su estructura.

El peligro de uniformación y el acelerado empobrecimiento de la diversidad cultural del planeta, que resulta del tipo de globalización —neoliberal— que con desembozo manifiesto viene practicando desde los años 90 la sociedad contemporánea de entre siglos, reactualiza el nunca agotado problema del sentido del arte —la literatura, en nuestro caso— y sus relaciones con otros campos de la actividad humana, y le añade nuevos componentes.

El final de los gobiernos del socialismo duro en el este de Europa y la Unión Soviética, la desintegración de ese estado multinacional y —en cierta medida, también como consecuencia— el retroceso de los partidos socialdemócratas en Europa Occidental, prepararon el escenario para la conformación de un mundo unipolar, modelado desde los EE.UU., según el modo de vida norteamericano. Aun cuando la Unión Europea y Japón —y potencialmente China— se presentan como polos económicos competitivos, no alcanzan a ser en otros aspectos verdaderos centros de equilibrio multipolar.

El Poder —el verdadero Poder— que masifica y reduce los espacios de creación y expresión humana, intelectual y artística, radica en las fuerzas neoconservadoras que impulsan el modelo neoliberal, uniformador, y que imponen la globalización en curso.

Este nuevo escenario político, militar y económico en el mundo de hoy, coincide con los nuevos límites —en permanente expansión—, alcanzados en los últimos lustros por la investigación científica y las tecnologías de punta que significan —entre otras cosas— un cambio radical para la industria cultural y del entretenimiento, los sistemas informáticos de procesamiento y la comunicación, las llamadas ciencias de la vida, y las concepciones mismas del comportamiento cotidiano y el destino de los seres humanos en el planeta.

Esos cambios en el espacio tecnológico favorecen por ahora la implementación de aquel mundo unipolar a que hacemos referencia, y reclaman una visión necesariamente global para el análisis de cualquier asunto de importancia para nuestras vidas.

El nuevo peligro sitúa en un punto crítico el problema —antológico, más o menos eterno— de la legitimación de unos procedimientos y unas obras artísticas cuyas maneras y propuestas difieren de las maneras y propuestas de los discursos dominantes. Se trata, creo, de preguntarse con serenidad —y asumiendo el hamletiano riesgo de ser— adónde irá a parar el arte dentro de un modelo que privilegia el marasmo de la creatividad, pero desconfía de las creaciones más genuinas del espíritu humano y, en consecuencia, qué destino espera en la nueva situación a toda la literatura que reivindica su naturaleza estética, interrogadora, su derecho a la experimentación, a la diferencia, a la calidez humana y a la calidad estética, y no se acomoda al creciente —presumiblemente inevitable— proceso mundial de bestsellerización del libro.

La pregunta no es para nada gratuita o extemporánea: una significativa porción de la mejor literatura —escrita antes o ahora, aquí o en cualquier parte— no se acomoda a los patrones de la bestsellerización. En cambio, una buena parte de los libros que se publican hoy en el mundo y la mayoría de los que encabezan las listas de títulos más vendidos, poco tienen que ver con lo que hasta ahora hemos venido considerando como valores de lo literario.

El proceso de creación—comunicación—recepción de la literatura como arte, ha sido puesto patas arriba por las gerencias de ventas de la industria del libro, que le imponen —y obligan a operar con— la misma clasificación de mercancía que a cualquier producto, y publicitan un discurso cuyos indicadores y enfoques son ajenos a la naturaleza misma del hecho literario.

En cualquier caso está claro que la meta del arte —a menos, obviamente, que esté dirigido al “consumidor”, a modo de mercancía— es explicar al propio artista y a aquellos que están a su alrededor para qué vive el hombre, cuál es el significado de su existencia. Explicar a las gentes la razón de su presencia en este planeta; o si no explicarla, proponer al menos la pregunta.

Aquí se formula —otra vez y con insistencia— la interrogante sobre la naturaleza del arte, el sentido de su existencia, y los peligros que lo acechan desde los centros de poder económico, político, militar, religioso, legal... En términos de literatura, mercado y legitimación cultural, la obviedad, subrayada por Tarkovsky, es que un arte dirigido al “consumidor”, a modo de mercancía, no es un arte legítimo.

Me permito el comentario de uno de los grandes best-seller de los últimos 20 años, y unas citas más —no referidas.

Entre el 9 de septiembre de 1981 y el 28 de diciembre de 1985, Stephen King escribió en Bangor, Maine, Nueva Inglaterra, EE.UU., las casi 1000 páginas de su más ambiciosa novela: It (Eso). Publicada en 1986, It encabezó todas las listas de libros más vendidos y permaneció en ellas durante nueve meses. En algún momento de la escritura de la novela, S.K. se sintió tentado a dar su punto de vista y formular su idea de la literatura dirigida al consumidor, a modo de mercancía. Para ello echa mano a un recurso no nuevo, pero eficaz: introduce en la trama de la novela la poética que la sustenta.

En la página 114 de It, Bill Denbroungh, el personaje protagónico, se toma una licencia, lo cual viene a tono pues ha recibido una misteriosa llamada en Londres. La llamada viene de Derry (Maine, NI., EE. UU.) y es de un amigo de la infancia a quien Bill ha olvidado. B.D. es escritor y guionista de cine —un escritor y guionista de éxito que escribe para sus consumidores las mismas historias de terror, literalmente las mismas, que S.K. nos está contando a nosotros, sus consumidores: Bill es el alter ego de Stephen.

Y dos páginas después todo está preparado para que S.K. se tome su licencia: He aquí un pobre muchacho del estado de Maine, que va a la universidad gracias a una beca. Durante toda su vida ha querido ser escritor..., por lo que se inscribe en un Seminario de Literatura Creativa. En una de las sesiones el instructor le pregunta:

—¿Te parece que William Faulkner no hacía otra cosa que contar cuentos? ¿Te parece que a Shakespeare solo le interesaba hacer plata? Vamos, Bill, dinos qué opinas.

Después de una pausa en la que estudia honradamente la pregunta, Bill contesta:

—Opino que eso está bastante cerca de la verdad.

Unos días después B. D. escribe otro cuento, el instructor se lo devuelve con dos palabras: Basura, es una; Mierda, es la otra. B.D. envía su cuento a una revista que por lo que Bill puede apreciar debería llamarse Mujeres desnudas con cara de drogadictas y queda asombrado y en la gloria cuando el gerente de Corbata blanca lo compra en 200 dólares.., ¡200 dólares!

Bill, que es un personaje de veras seductor y no está para amargarse ni para amargarnos la vida con preguntas sobre el significado de la existencia, sale pitando: de todas partes y, para empezar, del Seminario de Literatura Creativa. Le deja una nota de renuncia, bien explícita, al instructor.

Tres días después vuelve, por correspondencia, su nota de renuncia... el instructor ha escrito: ¿Usted cree que el dinero demuestra algo, Denbroungh?

—Bueno, sí, en realidad —dice Bill Denbroungh a su departamento vacío.

Seré honesto: de ese Seminario de Literatura Creativa, tal como lo pinta Stephen King, yo también hubiese salido pitando, como de muchos de los talleres, tertulias y otros espacios literarios que he debido sufrir en mi formación como escritor. Y aunque el espíritu de época aconseja fingir, seré honesto hasta el final: yo me dejé seducir. Como en aquel largo poema de Fayad Jamís Recordando una lectura de La primavera ha muerto, en que el sujeto lírico se queda solo con su voz y fuma y recuerda un título poco original y sobre todo cursi que lo ha seducido, yo leí sin parar las casi imposibles 997 páginas de It.

Confieso también, aquí, ahora: no pude menos que disfrutar el momento en que todo Derry estalla y el autor, oculto detrás de alguien, grita para celebrar su triunfo: ¡Steven Spilberg, muérete de envidia!, lo cual leí visualizando un acto de justicia, después que los managers del cine, la televisión, el vídeo, los efectos especiales, la digitalización y toda la virtualidad de la era electrónica pos, convirtieron el arte y con él la escritura en un producto enlatado y/o un frío ejercicio de laboratorio.

No conozco a Stephen King, nunca he visto a esa persona. La foto de contraportada lo muestra en un traje claro, apoyado en un auto antiguo: un hombre todavía joven que se deja retratar sobre el fondo de una ciudad que parece agradable. Pero —si es verdad que— a un escritor se le juzga por sus libros, leyendo It puedo imaginar a qué apuesta.

En el mismo revelador fragmento de que he venido hablando, cuando Bill Denbroungh tiene que regresar al antiguo terror desde un tiempo en el que está a gusto y ama a la mujer con la que se había casado por amor, a la que todavía amaba. Trató de ver a través de sus ojos, para averiguar qué sabía ella. Trató de verlo como si fuera un cuento. Podía, pero era un cuento que jamás se vendería. Stephen King nos revela otra vez su clave: él puede escribir ese otro cuento, proponer esa otra pregunta, pero no se vendería.

He ahí el escándalo, diría Kundera: S.K. puede —o nos hace pensar que puede— crear literatura, en cambio elige producir mercancía, se sabe obligado a Eso para vender.

Yo me dejé seducir y después casi me tuerzo de dolor. Stephen King es, volviendo a la Alejandría de Cavafy y de esa Biblioteca perdurable más allá de sus cenizas (serán cenizas, mas tendrán sentido/ polvo serán, mas polvo enamorado, dicta Quevedo) un escritor que tiene ante sí la seguridad de vender toda su edición y ediciones subsecuentes, influido por la venta futura, que (con plena conciencia, pues escribe en Maine, N.I., EE.UU., sociedad posindustrial, posmoderna, posescritural, meca del marketing y de la imagen en movimiento, cuna de la globalización, la integración informativa, la uniformación cultural y base de operaciones del dinero) sabe cómo piensa, qué le gusta y qué ha de comprar el público y no tiene reparos en escribir un libro, obviamente, dirigido al consumidor, a modo de mercancía.

Por suerte para ese lector inocente —que alguna vez todos nos dejamos ser— S. K. juega un juego más o menos limpio: uno sabe qué compra, paga su precio y el producto es lo que uno pagó, lo que su anuncio promete. Nada de más, nada de menos: un producto bien preparado, con los ingredientes necesarios para cobrar el 18 por ciento del precio de tapa y tener la seguridad, o al menos la probabilidad, de vender toda su edición y quizás ediciones subsecuentes. Obligado a vender, S. K. elige su juego, lo juega bien, y gana con cierta elegancia las apuestas.

Otra cosa ocurre cuando el fantasma de las ventas se aparece con una capa prestada.


II

La literatura cubana disfruta de un merecido reconocimiento internacional que, por la naturaleza misma del quehacer literario, adquiere su mayor fuerza en los espacios culturales y el mundo editorial del idioma español. Es un reconocimiento a los aportes de una tradición histórica breve, pero ya fecunda; y es también una creciente inquietud por llegar a tiempo al examen y validación —en otros circuitos— de un movimiento que se quiere renovador y por lo mismo dialoga con y contradice a esta y otras tradiciones.

Una época de boom(cito). Eso viene significando para la literatura cubana, en particular para su narrativa, la búsqueda emprendida desde el inicio de los años 90. Y siempre se agradece que una literatura pueda contar no solo con una suma de buenas obras sino, además, con ciertos libros de éxito. Pero sobre las características de este citado boom, las obras que lo conforman, los entusiasmos que despierta, los mecanismos que actúan detrás, las líneas de pensamiento que lo promueven, sus pro y sus contra, también convendría meditar con serenidad.

No pretendo agotar el tema, ni siquiera explorarlo en sus múltiples aristas, sí quiero presentar uno de esos problemas que ya se hace imprescindible abordar, más allá de su significado inmediato.

Es este, como digo arriba, un reconocimiento merecido. Por su elaboración formal, su riqueza semántica, la variedad de sus puntos de enunciación, su diversidad ideo-temática, su persistencia en la conflictividad, la literatura cubana se sitúa legítimamente entre lo más significativo que se crea hoy en el campo literario del idioma, y puede llegar a considerarse un conformador de importancia dentro de la literatura de entre siglos en el espacio cultural al cual pertenecemos y que llamamos Occidente.

Lo actual en arte —Perogrullo— no es solo lo que se está creando ahora mismo, en la simultaneidad de un tiempo real que la virtualidad al uso agota con denuedo. Aunque la tradición de lo nuevo —instaurada por las vanguardias como valor intrínseco del arte— y su búsqueda a cualquier precio —incluido el efecto efímero de la moda— se haya acelerado tanto (la renovación no se busca solo de generación en generación, sino casi es de buen gusto que cada año aparezcan tendencias innovadoras, aún cuando en teoría lo nuevo ya no represente por sí mismo un valor) lo actual en arte es también y con mucho, todas aquellas obras cuya recepción en otro espacio histórico-concreto genera lecturas cambiantes, que sintonizan con el espíritu de la época.

Esas obras —actuales, aunque no escritas ahora mismo— importan mucho en el modo de recepción y la evaluación que se hace del estado de una literatura. Las relecturas del pasado, sus nuevas jerarquías, se realizan siempre desde los intereses de las élites literarias del presente. Son releídas muchas veces estas obras como anunciaciones, o tienen el valor añadido de ser no únicamente nuevas —en el sentido de actualidad que le hemos venido dando al término—, sino previamente legitimadas, casi siempre, por lecturas sucesivas de otras épocas o/y otros sitios, y arrastran consigo el prestigio de lo ya legitimado, clásico o en camino de convenirse en tal.

Una buena parte de la literatura cubana que se reconoce, estudia, y promueve internacionalmente forma parte de lo que el fin de siglo de la Isla ya consideró legitimado o clásico para el siglo XX. Pensemos en Alejo Carpentier o Nicolás Guillén, José Lezama Lima o Virgilio Piñera, Dulce María Loynaz o Eliseo Diego. Sus aportes en el campo literario cubano son tantos y su prestigio es tan sólido que, necesariamente, irradian más allá de las fronteras nacionales. Y como esos aportes y ese prestigio se sostienen en una obra literaria meritoria, su legitimación en otros espacios se realiza como un proceso natural.

Pero la literatura del siglo XX cubano —de su segunda mitad y actual en este puente de milenios— es, por supuesto, mucho más que seis, diez o doce nombres memorables.

Repasemos las obras acumuladas de José Soler Puig, Roberto Fernández Retamar, Fina García Marruz, Cintio Vitier, Onelio Jorge Cardoso, Samuel Feijóo, Dora Alonso, Abelardo Estorino, Jesús Orta Ruíz, Ezequiel Vieta, Carilda Oliver Labra, Fayad Jamís, Lisandro Otero, Pablo Armando Fernández, César López, Miguel Barnet, Nancy Morejón, Lina de Feria o Luis Rogelio Nogueras... por citar solo autores de obras muy visibles —y claro que me equivoco y omito otros nombres— en zonas distintas de esa literatura, que gozan de reconocimiento en la Isla y más allá. Su obra entra paso a paso y por caminos diversos en los terrenos, móviles, pero inevitables, de la historia literaria.

Repasemos también un momento en la literatura de Lino Novás Calvo, Eugenio Florit, Gastón Baquero, Enrique Labrador Ruiz, Guillermo Cabrera Infante, Heberto Padilla, Severo Sarduy, Antonio Benítez Rojo y hasta en una zona de las obras de Reinaldo Arenas y Jesús Díaz, autores cubanos que mucho escribieron en la Isla y se radicaron después en otros países, y cuya producción literaria es apreciada en Cuba —a veces a pesar de ellos mismos— y reconocida también fuera del país. La legitimidad de sus aportes culturales no admite dudas.

Sin embargo, una parte importante de esa literatura cubana que se reconoce, estudia y promueve internacionalmente —escrita mucho más acá en el tiempo— no genera los mismos consensos. Interesa preguntarnos aquí, de manera particular, por la validez de este segmento en el todo de esa literatura mayor. Su impacto, concordemos, obedece en parte al hecho de situarse literariamente en una tradición de las calidades que destacamos antes, pero también en varios autores y en una cada vez más alarmante cantidad de títulos, a las sinuosidades de ese otro destino —trazado a contrapelo de sus esencias y por tanto ilegítimo— que los mercaderes y los malos políticos siempre tienen desplegado y dispuesto para emboscar el arte.

La literatura cubana actual —la que se escribe ahora, aquí, allá y acullá— merece ese reconocimiento, lo disfruta, y a veces también lo padece. Es una literatura valiosa, sí, pero cuyas obras y autores representativos están todavía por legitimar y jerarquizar desde la literatura misma y no desde otras instancias.

El imponente ascenso de la creación literaria al interior de Cuba en los años 90, coincidió con una crisis sin precedentes de la industria y el comercio. El sistema editorial vio muy afectada su base tecnológica, su financiamiento y su abastecimiento general de insumos, aunque la crisis tuvo su mayor impacto en la capacidad de la industria poligráfica para imprimir libros. Lo que importa ahora a nuestro análisis, sin embargo, es el resultado que la crisis —derivada de la situación general de la Isla, que hizo metástasis a raíz del derrumbe de los gobiernos del socialismo europeo y la intensificación del asedio norteamericano— tuvo para el proceso de creación-comunicación-recepción de la literatura cubana.

Desde finales de los años 80 se escribía en Cuba cada vez más y mejor literatura, la vida literaria hervía, se cambiaba una norma dominante. Pero a principios de los años 90 —en el momento en que todos esos manuscritos reclamaban ser convertidos en libros para completar su viaje feliz— la severidad de la crisis impidió que el ciclo continuara normalmente y las obras encontraran salida a través de su espacio habitual, las editoriales cubanas, y fueran leídas por su receptor natural, el lector cubano.

Mucho se habló entonces sobre cuanto influiría a la creación literaria, en el corto y mediano plazo, el hecho de que los autores perdieran el sostén de sus instituciones legitimadoras y no se comunicaran —palabra impresa mediante— con su lector natural. Los nuevos destinatarios de los libros escritos en Cuba estaban casi siempre en otra parte: Europa Occidental, América Latina, EE.UU... o en cualquier lugar donde se publicaran y/o distribuyeran los libros cubanos, pero no aquí, no en la Isla.

Comenzaron a aparecer antologías y selecciones pensadas para esos otros destinatarios, hechas según lo que quizá le gustaría leer a esos otros públicos. Los editores y coeditores extranjeros comenzaron a pedir también un tipo específico de literatura, un estereotipo construido desde lejos, una manera de ver la realidad cubana, y más de una vez los editores de acá —o escritores y periodistas tentados a ser promotores y antólogos— los complacieron satisfechos.

La mayoría de los autores, a la hora de escribir sus textos, intentó en principio ignorar esa circunstancia anómala o planteársela como una situación transitoria, un problema más de distribución, una trampa del mercado del libro. Pero la realidad es concreta. La nueva situación —unos cambios impensables pocos años atrás, que trastrocaban el sistema de referencias de la vida nacional pública y privada— se infiltró con rapidez en el ánimo de los escritores, en el manejo cotidiano de sus asuntos, y llegó también a su literatura.

Otros factores influyeron —y esquematizo para entendernos. En lo ideológico y en lo social, las realidades del día a día en la Isla y el mundo —cronología y sucesos largamente contados por ahí—; en lo literario, la ruptura definitiva de una norma más o menos dominante hasta pocos años atrás y el reconocimiento explícito de la diversidad como valor; en lo promocional, más participación en premios y concursos convocados desde el exterior, invitaciones a eventos —literarios o no— realizados en otros países, presencia cada día mayor de editores extranjeros a la caza de originales valiosos, reseñas en la prensa internacional sobre la literatura cubana y sus autores preferidos. Todo dibujado con un aura de prestigio dizque bien ganado y, muchas veces, apoyado en el necesario respiro económico que un buen puñado de billetes convertibles supone.

La literatura escrita por cubanos radicados en el exterior, por su parte, parece haber carecido durante todos esos años de verdaderos vehículos culturales —editoriales y editores, revistas y críticos, investigadores y libros de ensayos, universidades y académicos— que la legitimaran como un todo literario, o como parte de esa literatura mayor que tiene sus raíces en la Isla y ramas y gajitos casi en cualquier zona del planeta. Tampoco allí —o menos allí— los escritores pudieron fundar, imponerse, evadir las trampas de los mercaderes y los malos políticos, para quienes la literatura carece de utilidad o valor, si no da dinero o partidarios.

El mundo literario cubano de fuera de la Isla —¿diáspora, emigración, exilio?— parece adquirir, entonces, significado, valor literario, para la cultura cubana, mediante las recepciones, disecciones y valoraciones realizadas por escritores, investigadores y críticos residentes en la Isla, el primero de los cuales es Ambrosio Fornet. Su entrada y su participación en el boom(cito) es más bien una jugada en el todo, y el resultado de su acercamiento a la tradición literaria de la Isla, por los medios enunciados antes o/y por su contradicción política, económica y/o cultural con ella.

Ahora cabe reiterar una pregunta cuya respuesta casi todos los escritores y críticos cubanos conocemos: ¿Por qué ese thriller con aires garciamarquianos —por otra parte, aceptablemente escrito, como haría Stephen King— que viene a ser el Caracol beach de Eliseo Alberto, obtuvo el Primer Premio Alfaguara de novela? ¿Pero por qué una novela tan evidentemente mala como Te di la vida entera, de Zoé Valdés, se alza con la primera mención del Premio Planeta y publica de inicio 60 000 ejemplares en esa editorial? o ¿por qué una novela casi tan insostenible como la anterior —El hambre, el hombre, la hembra, de Daína Chaviano— recibió el Premio Azorín y pasó a engordar el catálogo de libros de esa propia editorial? Y lo que —para mí— es pregunta más importante: ¿Por qué Zoé Valdés, Daína Chaviano y hasta Eliseo Alberto escriben esos y otros libros que —quiero creer— saben distantes de la literatura que en verdad desearían escribir? ¿Por qué otros autores cubanos —dentro y fuera del país— se lanzan a escribir unos productos tan obviamente dirigidos al consumidor, a modo de mercancía? ¿Qué los obliga a eso? Puedo encontrar algunas respuestas con más rapidez de lo que tecleo en el ordenador, pero prefiero que tú, avezado lector, me permitas esta vez solo formular las preguntas.

En un artículo publicado en una revista mexicana —de cuyo nombre no logro acordarme— Arturo Arango adelanta la idea de que por ahí interesa más leer sobre cómo se vive en Cuba que leer qué se escribe en Cuba. Y es que esas —imprecisamente— llamadas literaturas de urgencia (malos panfletos, ni tan literarios ni tan urgentes, pues varios de esos autores sobrepromocionados, por ejemplo, ya no logran imaginarse la vida cubana después de la despenalización del dólar, en 1993, y la crisis de los balseros, en 1994), están por lo general muy lejos de pasar de la epidermis —bastante lastimada— del país y pocas veces se adentran en lo que considero que es —si no ha cambiado en estos años, hasta hacerse otra— la sustancia misma de la literatura y el arte: vidas humanas en conflicto que intentan encontrar sentido a su existencia en un espacio estético.

Quien haya (h)ojeado las páginas de mucho de lo que ese afanoso mercado exterior del libro quiere proponer y jerarquizar como la literatura cubana de ahora mismo, compartirá conmigo la duda cardinal de cuáles intenciones animan tales promociones. No literarias, está claro: más bien parecen correrías contra el tiempo de mercaderes que se mueven sobre un horizonte móvil —muy alta venta hoy, cotidiana, mañana estará en la nada—, financiadas con un objetivo más bien político que, por demás, parece un empeño inútil —si no fuese tan bien remunerado— de cara al consenso social, la estabilidad política, y esa pobreza irradiante que comparte la mayoría de los ciudadanos del país real.

La poco entusiasta recepción que la crítica realizada por varios cubanos en el exterior hizo en principio de Tuyo es el reino, la admirable novela de Abilio Estévez publicada por Tusquets —un éxito de venta, al mismo tiempo, aunque sin galardones previos— resulta también sospechosa. ¿Por qué? Acaso sea solo por estar mejor escrita que las otras. Acaso por vivir Abilio en La Habana al momento de la publicación. El hecho se repite con otros autores residentes en la Isla. Supongo que el tiempo —ese juez inapelable al que solemos dejarlo todo, Diego dixit— sitúe jerarquías verdaderas entre estas y otras obras. Mientras tanto, corresponde no acatar como dóciles asistentes unas reglas del juego y unas jerarquías que revelan intereses espurios y se nutren de criterios promocionales ajenos a la literatura misma.

Para los escritores de talento que residen fuera de Cuba, hay en sus alrededores mucha conflictividad que cribar, estructural y cotidiana. Hay también, por lo menos, un gran tema de lo cubano: el viaje, la nostalgia, y todos los temas universales que animan cualquier literatura con intensidad de vuelo, como ha sido, como es, la cubana. Pero verifiquemos y expongamos de una buena vez que entre toda la literatura que se publica sobre Cuba, la más intensa, la más verosímil, la que más literariamente cuenta cómo se vive y piensa en la Isla, se está escribiendo ahora, aquí; y ante la falta de evidencias que demuestren otra cosa, no creo que esa relación cambie en los próximos años.

Confío en que aún seamos capaces —como escritores— de evitar que la literatura cubana se extravíe otra vez en senderos extraliterarios —trampa ya habitual de los mercaderes y los malos políticos— de renovarnos desde dentro, como creadores libres más allá de las presiones cotidianas. Y que no cambiemos una página y no introduzcamos un capítulo para agradar a un editor, a un agente, a un empresario, o sea, al Poder —económico, político, cultural— de un mercado que aunque a veces nos invita a su mesa, nunca estará de este lado. Y que no aceptemos como buena, obviedad de las obviedades, ninguna literatura fabricada de palabras vendidas.

Advirtamos —como Octavio Paz en otro agosto, el de 1955— que escribir, quizás, no tiene más justificación que tratar de contestar a esa pregunta que un día nos hicimos y que, hasta no recibir respuesta, no cesa de aguijoneamos. Porque los grandes libros —quiero decir, los libros necesarios— son aquellos que logran responder a las preguntas que, oscuramente y sin formularlas del todo, se hace el resto de los hombres.

miércoles, julio 25, 2007

Una mujer y un hombre muertos vuelven a la vida

Canción a una muchacha muerta
Vicente Aleixandre


Dime, dime el secreto de tu corazón virgen,
dime el secreto de tu cuerpo bajo tierra,
quiero saber por qué ahora eres un agua,
esas orillas frescas donde unos pies desnudos se bañan con espuma.

Dime por qué sobre tu pelo suelto,
sobre tu dulce hierba acariciada,
cae, resbala, acaricia, se va
un sol ardiente o reposado que te toca
como un viento que lleva sólo un pájaro o mano.

Dime por qué tu corazón como una selva diminuta
espera bajo tierra los imposibles pájaros,
esa canción total que por encima de los ojos
hacen los sueños cuando pasan sin ruido.

Oh tú, canción que a un cuerpo muerto o vivo,
que a un ser hermoso que bajo el suelo duerme,
cantas color de piedra, color de beso o labio,
cantas como si el nácar durmiera o respirara.

Esa cintura, ese débil volumen de un pecho triste,
ese rizo voluble que ignora el viento,
esos ojos por donde sólo boga el silencio,
esos dientes que son de marfil resguardado,
ese aire que no mueve unas hojas no verdes...

¡Oh tú, cielo riente, que pasas como nube;
oh pájaro feliz, que sobre un hombro ríes;
fuente que, chorro fresco, te enredas con la luna;
césped blando que pisan unos pies adorados!

(La destrucción o el amor, 1935)

miércoles, junio 27, 2007

En defensa de la casa del poeta

Durante 11 años (desde marzo de 1995, cuando comienzan las protestas), la Asociación de amigos de Vicente Aleixandre ha conducido enérgicos trabajos para impedir la destrucción de la vivienda donde quiso arraigarse el escritor. El pasado 23 de mayo, sin embargo, la --así llamada-- Comunidad de Madrid, más el Ayuntamiento de la misma ciudad --regido en estos momentos por el criminal Partido Popular--, con la venia del Ministerio de Cultura del Partido Socialista Obrero (que nada tiene de socialista, y mucho menos de obrero), decidieron dar carpetazo al asunto, poniendo a la venta la casa.

De manera que habrá que reunirse para salvar la casa del poeta. Aún más, dicen los defensores de ella: ésta es "la casa de la poesía". Y sí, es la casa de la poesía. Uno de los mil centros del universo de la poesía. "Sobre el reino de Dios se extienden muchas mansiones". Cierto es que a la poesía, como a Dios, no se le encuentra exclusivamente en el cielo, sino también en el infierno, en la miseria y en la catástrofe. Acontecimientos infaustos han servido en muchas ocasiones para sacar a la luz lo mejor de las personas, y la amenaza que pende sobre la memoria de Aleixandre llamará a los descontentos y a los inconformes a reunirse y a manifestarse públicamente en contra de la estúpida resolución de las frías autoridades españolas.

Se llama, pues, a estos descontentos, a que, dentro de dos días, el próximo viernes 29 de junio, a las 6 de la tarde, se junten en la Puerta del Sol, frente a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, para protestar por el nulo interés que los encargados de la cultura sienten en verdad por ésta.

El siguiente mes habrá que juntarse nuevamente: el jueves 12 de julio, a las 8 de la noche, se celebrará en el Ateneo de Madrid (calle del Prado, número 21) otra protesta, para que la ciudad no pierda sus emblemas, esos lugares que los indiferentes quieren hacer desaparecer, como el Teatro Albéniz y el pabellón de enseñanza Bernardo Ginerre.

Pregunta J
aume d'Urgell en Kaos en la red: "¿Vamos a permitir que la especulación inmobiliaria destruya los pocos espacios que quedan para la cultura de base? No permitamos que los intereses de unos cuantos acaben con el legítimo derecho de todos a gozar de nuestro patrimonio cultural colectivo".

Más información sobre las protestas, en este enlace de Kaos en la red; una cronología de la iniciativa de recuperación de la casa de Aleixandre, en este enlace del Observatorio del Patrimonio Histórico Español, sitio donde obtuve las fotografías.

El poeta se acuerda de su vida

Perdonadme: he dormido.
Y dormir no es vivir. Paz a los hombres.
Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.
¿Vivir en ellas? Las palabras mueren.
Bellas son al sonar, mas nunca duran.
Así esta noche clara. Ayer cuando la aurora
o cuando el día cumplido estira el rayo
final, ya en tu rostro acaso.
Con tu pincel de luz cierra tus ojos.
Duerme.
La noche es larga, pero ya ha pasado.

(Poemas de la consumación, 1968)